Las lenguas tardan siglos en formarse, mucho antes de que alguien las escriba. Por eso, el lugar donde una lengua obtuvo su primera gramática casi siempre solo se puede reconstruir. Nicaragua es la excepción. Allí, una lengua nació mientras la observaban personas capaces de describirla.
Hasta los años setenta el país no tenía escuela pública para niños sordos. Crecer sordo solía significar quedarse dentro de la propia familia y comunicarse con gestos inventados en casa. Esas señas caseras funcionan con fiabilidad, pero solo en el círculo más estrecho: la madre, los hermanos, los niños de al lado. Fuera de la casa nadie las entendía, y tampoco había con quién compartirlas.
Entonces se abrió una escuela especial en Managua. Por primera vez cientos de niños sordos se encontraron, cada uno con un repertorio personal de señas.
Lo que no consiguieron las clases, lo consiguió el recreo
La enseñanza apuntaba a la lectura labial y al español hablado. Funcionó solo de modo limitado. Lo que importaba ocurría al lado: en el patio, en los autobuses, de camino a casa. Allí los niños no necesitaban español, necesitaban algo que todos los del patio pudieran seguir.
Empezaron a alinear sus señas caseras. Un niño que traía una seña propia o la hacía valer o adoptaba la de otro. Lo que surgió primero fue un sistema simple e inconsistente, bastante para apañarse, pero sin reglas fijas. Dos niños podían decir lo mismo de dos maneras, y las dos valían.
Las clases apuntaban a la lectura labial. La lengua surgió en el recreo.
- TerraTally · Redacción de lenguas
El segundo paso fue el notable. Los niños más pequeños, que crecieron dentro de ese sistema, no se limitaron a heredarlo: lo regularizaron. Introdujeron consistencia donde los mayores habían improvisado. Partieron los gestos compuestos en piezas más pequeñas y las recombinaron. Construyeron estructuras gramaticales que nadie les había enseñado. Un medio improvisado de entenderse se convirtió en una lengua con vocabulario propio, gramática propia y sintaxis propia.
Para la escala
años 1980
Periodo de aparición
1986
Inicio de la documentación lingüística
1
caso documentado de este tipo
En 1986 el ministerio de Educación de Nicaragua invitó a una lingüista estadounidense a aclarar qué estaban haciendo de verdad los niños. La respuesta no fue la esperada. No hablaban un español malo. Hablaban con fluidez algo que antes no existía, y los adultos de la sala eran quienes no lo dominaban.
Que esto ocurriera en los años ochenta ayudó a la investigación. Las cámaras de vídeo estaban disponibles y eran asequibles. Los investigadores pudieron grabar cómo signaban niños concretos de cursos concretos y, más tarde, poner lado a lado grabaciones de cohortes de distinta edad. Eso hizo visible lo que suele quedar en la oscuridad: con cada grupo que seguía, la lengua se volvía más regular y más compleja.
El caso desplazó un debate que hasta entonces solo se podía sostener en teoría, la pregunta de si la lengua se aprende en lo esencial o si la capacidad para ella se trae consigo. En Managua nadie enseñó una lengua a los niños. Bastó con que se reunieran bastantes niños que tenían algo que contarse.
La dirección es lo que sigue resultando más llamativo. Los adultos no transmitieron la lengua a los niños. Los niños la construyeron, y los más pequeños de entre ellos la terminaron. Hoy la transmiten las personas que la inventaron.